(Día de los Difuntos 2024)

DIÁLOGO DE DIFUNTOS


ACTO ÚNICO

I

(La escena representa una plaza cualquiera de un lugar cualquiera. Eso sí, es una plaza muy viva, con niños jugueteando por todos los rincones, turistas curiosos que, sin pudor ni respeto, pisotean, toquetean, e, incluso, no pocas veces, deterioran plantas y mobiliario urbano; algunos perros que corretean, brincando alrededor de sus dueños y persiguiendo las varias pelotas con las que los críos compiten en ligas imposibles. Un pequeñuelo corre detrás de un balón de vivos colores que llega hasta una mesa merendero, con dos bancos corridos, uno a cada lado de la misma. Al llegar a ella, el balón para bruscamente y es devuelto al pequeño como si fuese impulsado por un pie invisible.
Cuando comienza la acción, podemos observar cómo, de repente, milagrosamente, aparecen, sentados en los bancos a ambos lados de la mesa, ÉL y ELLA)

ELLA.- ¡No hagas eso, hombre! ¡Pobrecito, se va a asustar!

ÉL.- Ya, ya ves todo lo que se ha asustado. Míralo, jugando como si tal cosa.

ELLA.- (Tras una pequeña pausa, suspira) Aquí me trajiste en nuestra primera cita. ¿Recuerdas?

ÉL.- ¿Cómo lo voy a olvidar? Aquellos tonteos en los guateques, en los que sólo me fijaba en tí, y únicamente quería bailar contigo. Las demás chicas me importaban un pepino. Y esa atracción pronto se convirtió en el convencimiento de que lo que más deseaba en el mundo era pasar mi vida contigo. Y un día me dije: ¿qué eres un hombre o una gallina? Y me tomé dos cubatas, casi en dos sorbos, y corriendo, antes de que mis inseguridades me paralizasen, me planté delante de tí y te espeté, sin importarme el grupito de amigas que reían contigo: ¿quieres salir conmigo?

ELLA.- (Ríe, y lanza su brazo para tomarlo de la mano) Qué lástima que no existiesen aún los móviles, porque mi cara tuvo que ser un poema épico. Desde luego mis amigas se partían de la risa.

ÉL.- (Ríe igualmente, contagiado de ella, y coge la otra mano de Ella, quedando ambos entrelazados) Sí, me dijiste, poniéndote roja como un tomate.

ELLA.- Y quedamos para el día siguiente, al salir de clase por la tarde.

ÉL.- Nunca el tiempo había pasado tan lento como aquél día. Cuando terminó la última clase, corrí hasta tu instituto, temiendo que se te hubiera olvidado la cita y te hubieses ido. Al llegar, casi sin resuello, estabas esperándome, sentada en el poyete, al lado de la parada de autobuses. Jamás me habías parecido tan hermosa.

ELLA.- Sentada, porque me temblaban las piernas. Tú llegaste, sofocado, jadeando, y, de repente, se acabaron los temblores, y en mí nació el convencimiento de que lo que más deseaba en el mundo era pasar mi vida contigo.

ÉL.- Tomamos el autobús, y fuimos a los jardines de al lado de la parada. Compramos un paquete de pipas y compartimos una lata de refresco. El merendero estaba vacío, y aquí nos sentamos. Bueno, éste, no, el que había entonces. En una de las ocasiones que fuimos los dos a coger la lata nuestras manos tropezaron, y se unieron. Nos reímos, nerviosos, turbados por la situación. Y nuestros ojos se atrajeron mutuamente, y así permanecimos no sé cuánto tiempo, hasta que nos besamos.

ELLA.- Nuestro primer beso. Torpe, inseguro, inocente, pero también el comienzo de la creación del mundo. De nuestro mundo.

ÉL.- Y entonces supe que…

ELLA.- Nos dimos cuenta de que…

ÉL Y ELLA.- …”lo que más deseaba en el mundo era pasar mi vida contigo”

2

ÉL.- La culpa fue mía. No, no digas nada. Ya, ya sé que lo hemos hablado miles de veces, pero ese pensamiento no se me ha ido en toda mi vida. Ese empeño mío en que parieses en casa, a pesar de que se sabía que el parto iba a ser complicado casi te mata. Sí, ya, ya sé que en esos años era lo normal, tener a los hijos en el domicilio, pero yo no he podido dejar de sentirme culpable. Debí hacerle caso a Ernesto, que, además de médico, era un buen amigo. Me aconsejó que el parto, en tu caso era más conveniente en la Residencia Sanitaria. Pero mi orgullo y cabezonería pudieron conmigo. En nuestra familia las mujeres siempre habían parido en casa, en su cama. Y ahora me veía en la azotea sintiéndome inútil, sin saber qué hacer, ni en qué podría ayudar. Había tenido que subir, a tomar aire, a respirar, porque me estaba quedando sin aliento, sin vida, sin fuerzas. Allí me encontró Ernesto.
-¡Ah, estás aquí! Te estaba buscando. Alguien me informó de que habías dicho que subías a la azotea, -me dijo.
-Tenemos que hablar, -continuó-, esto es muy serio. Piénsalo bien antes de contestar.
Y supe que algo no iba bien. Que algo horrible iba a suceder.
-Escúchame atentamente…
No recuerdo nada, sólo una, no sé si larga o corta charla de mi amigo, el médico, pero sí entendí lo que me dijo, sí lo entendí. Sí lo entendí…
-Así están las cosas. Piénsatelo. Entiendo la dureza de la decisión, pero así están las cosas: en caso de que sólo podamos salvar a uno de los dos, ¿qué hacemos, la madre o el hijo?
Y entonces entendí que sin ti la vida no tenía sentido.

ELLA.- La madre, dijiste. Salva a mi mujer. Yo hubiera dado cien, mil, un millón de veces la vida por mi hijo. Pero nuestro hijo por fortuna, salió adelante. Con mucho trabajo, pero salió. Yo…, yo, bueno, tardé seis meses en volver a andar, pero mereció la pena; por supuesto que valió la pena. Luego vinieron la niña y el pequeño, que desgraciadamente murió en el parto. Éramos aún muy jóvenes, en esos años nos casábamos demasiado jóvenes. Y la vida se nos echó encima sin pensarlo, sin que fuéramos demasiado conscientes del camino que habíamos emprendido. Pero teníamos ganas, y comenzamos la ruta con rabia, con ganas, casi a bocados.
No nos fue mal. Podía haber sido peor, pero no nos fue mal. Y, sin darnos cuenta, nos vimos en las ceremonias de graduación de nuestra hija y nuestro hijo, las dos casi a la vez. Nunca te había visto tan feliz. Tan feliz, tan feliz, que te cogiste una buena cogorza en ambas. Un día, de los muchos, que todo hay que decirlo, en que nos peleamos, te reproché que hubieras bebido más de la cuenta, y me dijiste que había sido por la felicidad tan enorme que sentiste. Que esa ceremonia significaba que lo habíamos hecho bien, que ya podíamos sentirnos satisfechos porque habíamos preparado tanto a la una como al otro para la vida que se les venía encima. Mientras que me decías esto, dos gruesos lagrimones resbalaban por tu mejilla, dos lagrimones que significaban una vida de preocupaciones, alegrías, también llantos, y amor, mucho amor. Supe enseguida que eran de felicidad, sentí una enorme ternura y te abracé, llorando también.
Y entonces entendí que sin ti la vida no tenía sentido.

ELLA.- Casi sin darnos cuenta, la vida nos atrapó y envolvió, la niña se casó, y el mayor no quiso: nunca fue religioso y no le importan esas cosas. Y su pareja es de la misma cuerda, así que todos felices. Pronto llegaron nuestros nietos, y volvimos a descubrir lo que es vivir permanentemente preocupados, volvimos a sentir la ternura del abrazo a un pequeño, a sentir el orgullo de compartir sus pequeños logros, que para ellos eran muy grandes.

ÉL.- ¡Estáis chochos con vuestros nietos!, nos decían nuestros hijos siempre. Pero no importaba, éramos felices.

ELLA.- Y, sin darnos cuenta, llegamos a las puertas de la vejez, y, no sin cierta aprensión, cruzamos su umbral, para entender que tampoco era tan tremendo, y que la vida en esos momentos tenía un sabor agridulce, que llegaba a gustarte con el tiempo, porque descubrimos que habíamos llegado a complementarnos de tal forma que conseguíamos que incluso los momentos más duros pasasen sin hacernos merma.

ÉL.- Para entonces…

ELLA.- …ya sabíamos…

ÉL Y ELLA.-  (Mirándose) Que sin ti la vida no tenía sentido.

3

ÉL.- Bueno, ¿y ahora?

ELLA.- ¿Ahora? Ahora, no sé. Nosotros ya no estamos.

ÉL.- ¿Nos vamos, entonces?

ELLA.- Sí. Nos vamos.

(Se levantan, cogiéndose de la mano, y, sin mirar atrás, emprenden el camino, sonriendo, felices y satisfechos, porque saben que continúan viviendo en el recuerdo de todos aquellos que los quisieron, los quieren y los querrán siempre)

TELÓN

En recuerdo de todas esas personas que continuamos amando, a pesar de su ausencia.
¡Que no nos encierren la libertad!
¡Ojalá la noticia fuese: 
"Fin a la guerra..."
¿Qué cuántos años tengo?
Eso..., ¿a quién le importa?
Tengo los años necesarios para perder ya el miedo
y hacer lo que quiero y siento.
Qué importa cuántos años tengo,
o cuántos espero, si con los años que tengo,
aprendí a querer lo necesario y a tomar sólo lo bueno.

Poema sobre la vejez, José Saramago


Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen silencio ni pueden comprarlo.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar,
como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen el derecho de respirar mierda,
como si fuera aire, sin pagar nada por ella.
Pobres,
lo que se dice pobres
son los que no tienen más libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que viven dramas pasionales con las máquinas.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que son siempre muchos y están siempre solos.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no saben que son pobres.

Eduardo Galeano
¿Cuál es el precio de la creación?

(El sueño de la razón produce monstruos)

Francisco de Goya y Lucientes
El día de mi boda
ADIVINANZA DE LA GUITARRA 
SEIS CAPRICHOS (Cante Jondo)

En la redonda 
encrucijada, 
seis doncellas 
bailan. 
Tres de carne 
y tres de plata. 
Los sueños de ayer las buscan 
pero las tiene abrazadas, 
un Polifemo de oro. 
¡La guitarra! 

Federico García Lorca
Un lejano día de la primavera del año 1970 los turistas y visitantes de la Basílica De San Pedro seguramente no prestaron atención a un jovenzuelo de dieciséis años que contemplaba extasiado la bellísima escultura de la Piedad de Miguel Ángel.   Ese chico pertenecía a un grupo de estudiantes que realizaban su viaje de fin de curso, grupo que continuó su visita guiada mientras él permanecía abducido por la hermosura que se manifestaba ante él,  enamorándolo para el resto de su vida. Después lo compañeros tuvieron que ir a buscarlo y llevárselo, casi a la fuerza, con los demás para continuar la visita.
Ya han transcurrido más cincuenta años desde esa escena, pero la Piedad del Vaticano sigue induciéndome los mismos sentimientos casi místicos que me produjo, a pesar de que mi evolución ideológica me llevara, a través del tiempo transcurrido, a un agnosticismo practicante y, por ende, a un proceso racional que me hace desconfiar de cualquier tipo de religiosidad. No obstante, este hecho ha tenido efectos colaterales, ya que, desde siempre, he tenido una fascinación incontrolable sobre todas las imaginerías  religiosas. Es una de mis contradicciones, qué le vamos a hacer. 
Algunas curiosidades: 
Miguel Ángel esculpió el conjunto con sólo 24 años, pero la perfección del mismo llevó a algunos a sembrar la duda sobre su autoría por su juventud. Miguel Ángel se cogió un berrinche de cuidado, y se escondió una noche en la iglesia, grabando en la cinta que cruza el pecho de la Virgen la leyenda "Michael A[n]gelus Bonarotus Florent[inus] Facieba[t]", convirtiéndose en la única obra que el maestro firmó.
El aspecto adolescente de la Virgen obedece a las palabras de Dante en el Paraíso:“Virgen madre, hija de tu hijo”. 
La figura  de Jesús tiene un diente de más, que se interpreta como un símbolo de que toma para sí todos los pecados del mundo y así redimirlos.
En el año 1972, un trastornado golpeó con un martillo quince veces la escultura en diversas partes, al grito de "yo soy Jesús resucitado entre los muertos" Desde entonces está protegida por un cristal antibalas. 
Una más, ésta muy personal: tal fascinación ha ejercido sobre mí toda mi vida, que, en todos las obras teatrales que he dirigido, siempre he colocado en alguna escena una imagen inspirada en la Piedad. Era una especie de firma, y los que me conocen la buscaban en los espectáculos.
La fotografía está realizada sobre una de las muchas reproducciones que tengo en casa. No es, por tanto, foto de la original. Os pongo el vínculo a un reportaje que se le hizo cuando la llevaron a la Feria de Nueva York de 1964, que, de alguna forma, me sirvió de inspiración para la toma.
http://antoniohernandez.info/Arte/imagenes/07%20Cinquecento/WEBS/PIEDAD%202.html
Intolerancia
Tengo la impresión de que alguien me observa...

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